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Alma de fuego.Teresa en Antonio Machado

Pedro Paricio Aucejo

Si la Generación del 98 supuso un nuevo florecimiento de nuestra literatura –hasta el punto de valorarse su irrupción en el panorama de las letras españolas como un ´Segundo Siglo de Oro´–, Antonio Machado (1875-1939) fue sin duda su poeta más representativo. A pesar de que también cultivó el teatro y la narrativa, es conocido sobre todo por su producción poética, arraigada en el intimismo existencial, la categorización de lo popular, el simbolismo de su compromiso universal con lo humano y la reflexión sobre la España de su tiempo, preocupación común a todos los miembros de su generación. A este respecto, como la situación en la que se encontraba nuestra patria en aquel momento era poco menos que agonizante y Machado estaba animado de un espíritu reformador, se afanó por actualizar, con los medios a su alcance, los valores que históricamente dieron realidad a la esencia de lo español.

En ese sentido –como advierte Rodrigo Álvarez Molina¹–, hay que tener presente que, en la reseña que el literato sevillano hace de Las Meditaciones del Quijote de don José Ortega y Gasset, al comparar la obra de Cervantes con la de Teresa de Ávila, dice de ella que "en la santa, lo rico no es el lenguaje, sino lo que pretende expresarse con él", de modo que "la materia con que labora Teresa es su propia alma". Es innegable que un comentario de ese tipo revela en el vate universal una cierta concordia innata de espíritu con respecto a la monja castellana, por lo que da pie a este investigador machadiano a considerar la posibilidad de que –como reformador del espíritu nacional que pretendía ser– sintiera el deseo de estudiar la obra de nuestros clásicos de la espiritualidad para recibir su mensaje y, aun sin estar totalmente de acuerdo con ellos, verse impulsado a armonizar todos los que consideraba valores positivos de España.

No hay que olvidar que, en los momentos más inspirados de dicha literatura, se pone al descubierto el drama de la existencia vivida desde la privilegiada intimidad de las almas contemplativas, evidenciándose tanto la debilidad de sus penas como la elevación de sus gozos. Conocedores de la naturaleza humana y persuadidos del sentido del cosmos y de su vinculación con el reino del espíritu, los místicos –también a la hora de encontrar remedio a las hondas preocupaciones de su tiempo– trascienden la inmanencia humana y, orientándose hacia Dios, se sienten asistidos por la fuerza de su providente amor. Ahora bien, la biografía de Antonio Machado manifiesta una deficiencia capital en este terreno. Es cierto que en él hay un ansia de trascendencia: era consciente de que, sin Dios, la existencia del hombre se convierte en algo inútil. Pero, aunque su corazón deseaba una realidad superior, lo hacía sin emprender una búsqueda rigurosa de la verdad. Como su punto de partida estuvo siempre mentalmente viciado por su escepticismo agnóstico jamás superado, la afirmación de la nada le cerraba el acceso a la fe en el Dios vivo. Esta actitud le abocó a una duda negativa y melancólica que no le sirvió más que para recrear la fatalidad de la contingencia del mundo con toda su triste cohorte de limitaciones e injusticias.

Con estos precedentes, Álvarez Molina se pregunta si tal vez Machado se acercó a la obra de Santa Teresa en busca de aquella fe de la que él carecía y, sin embargo, anhelaba. Para ello –y sin ánimo de establecer una comparación entre los dos escritores en un sentido estricto–, recurre al estudio del poema LIX de Soledades, ´Anoche cuando dormía´², llegando a la conclusión de que el tríptico metafórico ´fontana´, ´colmena´, ´sol´ que en él aparece ha sido tomado prestado de la mística abulense. Recuerda las palabras del Libro de las Moradas y es como una alegoría de las tres vías místicas (la purgativa, la iluminativa y la unitiva), que señalan los escritores espirituales para describir las etapas del camino que sigue el alma en su unión con Dios. Sin embargo, de este análisis comparativo no puede deducirse –según el referido autor– más que dicho parecido entre ambos textos sea un mero préstamo metafórico sin más trascendencia.

Este hallazgo evidenciaría tan solo una ´conversión a lo humano´ por parte de Machado de los instrumentos lingüísticos empleados por Santa Teresa con el fin de formular conceptos diferentes. De ese modo, si bien en el poema se perciben las tres vías místicas, estas aparecen como un medio para comunicar un pasado triste –´las amarguras viejas´–, haciéndonos participar así de su angustia existencial. Las vivencias en que se apoya el poeta para escribir ´Anoche cuando dormía´ son, pues, muy distintas a las de la doctora de la Iglesia. En aquel parecen reflejar a lo sumo una duda metafísica, de la cual –al menos en este momento de creación poética– se esfuerza por salir acudiendo al recurso del sueño de ´Dios dentro de su corazón´, por lo que, en consonancia con lo experimentado en su trayectoria vital, no se rebasa el nivel del deseo o la ´bendita ilusión´ de la que habla el propio poeta. En definitiva, aunque haya coincidencia en algunos términos empleados por ambos personajes, al moverse en universos espirituales muy distintos, no podían sino diferir profundamente en actitudes y resultados.

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¹ Cf. ´Santa Teresa y Antonio Machado´, conferencia pronunciada el día 12 de noviembre de 1981 en la Fundación Universitaria Española y publicada posteriormente en Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica (Nº 5), [Publicación cuatrimestral del Seminario "Menéndez Pelayo" de la Fundación Universitaria Española], Madrid, 1983, pp. 241-256.

² I. Anoche cuando dormía/ soñé, ¡bendita ilusión!/ que una fontana fluía/ dentro de mi corazón./ Dí, ¿por qué acequia escondida,/ agua, vienes hasta mí,/ manantial de nueva vida/ en donde nunca bebí?/ II. Anoche cuando dormía/ soñé, ¡bendita ilusión!/ que una colmena tenía/ dentro de mi corazón/ y las doradas abejas/ iban fabricando en él,/ con las amarguras viejas,/ blanca cera y dulce miel./ III. Anoche cuando dormía/ soñé, ¡bendita ilusión!/ que un ardiente sol lucía/ dentro de mi corazón./ Era ardiente porque daba/ calores de rojo hogar/ y era sol porque alumbraba/ y porque hacía llorar./ IV. Anoche cuando dormía/ soñé, ¡bendita ilusión!/ que era Dios lo que tenía/ dentro de mi corazón.

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